𝗠𝗢𝗡Ó𝗟𝗢𝗚𝗢 𝗗𝗘𝗦𝗗𝗘 𝗡𝗜𝗘𝗩𝗔
Hay un vértigo de soledad casposa en esta distancia bipolar, no ha nacido el día y ya a muerto. El desayuno, pan dulce con aceitunas y café revolcado, no sacia mi hambre de somnio. El enflaquecido tiempo yace atracado entre mis secretas angustias. (Se oye el ronco crepitar de los peque-peques desde lo alto del Hotel Nieva, aún no bombean agua al tanque, se siente el calor apretujándose con la tristeza. El pequeño y único mercado del puerto, bulle de guabillas, anticuchos de carachamas, fritanga de palometas y doradas. Hay una treintena de vendedores, con mirada compasiva y prestos a venderte hasta su alma. Diecinueve motores fuera de borda, incendian la playa de ruidos. El Nieva y el Marañón colisionan fragorosamente y engendran el Santiago. Yo, arriba, encaramado en el peque-peque, veo el único ángulo esquinado que durante cincuenta años me generó dudas e intrigas de cómo un pueblo de la selva del Perú no sucumbía por esa colisión acuosa cuasi hecatómbica. Siento gusanos mordisqueándose entre mis tripas...). Entramos por la única calle desolada Libertador Simón Bolívar, de madrugada y un tenso misterio me empuja ir a la placita de Santa María de Nieva. Ni el cansancio de ocho horas de viaje ininterrumpidos arredraba mi ímpetu literario. Se escuchan los ruidosos grillos y el melancólico y persistente croar de sapos a la distancia, parapetados secretamente en esa densa e infernal vegetación. Finjo y trato de engañar a mi cuerpo dormir y no puedo, estoy demasiado excitado por ese misterioso lugar, me produce escozor y un réptil verde recorre mis venas, quizá en la esquina esté el Sargento Lituma o Adrián Nieves o quizá Lalita. Siento que he trastornado mi yo real con el yo literario de La casa verde. Y me acuerdo de esos viejos reconchadesusmadres comunistoides, decrépitos de mierda, traidores y trastornados mentales. La paranoica noche demencial, es una arteria femoral dislocada entre los maltrechos nidos de putillas y acordeones y la lluvia desaforada. Entonces se abre la mañana con siete potentes ronquidos de las lanchas y el Puerto Nieva alcanza su máximo cenit. Voy con mi padre al mercado, en lo más alto del barranco, en una de sus puntas, a comer un caldo de gallina negra de monte. La huambisa me mira como un ET, le pido limón agrio y me saca una cosa del tamaño de una naranja, en la selva así es, me espeta ella, yo: increíble, pero es pura cáscara, sin jugo, ella: no te equivoques masha, acá todo es bueno y caliente, si quieres pruébame... El puente es un elefante tuerto mirando al iracundo amanecer. Desde la orilla de la playa me viene el olor chamuscado de las plateadas entre troncos ahumados de pona. Voy dando saltos entre las canoas añosas y baboseadas por el agua. En la banda opuesta, se escucha música de los Mirlos y Sonido 2000 de Tarapoto, regresiono al Bagua Grande de 1982. Las lanchitas van llegando repletas de plátanos de freír verdes, llega la yuca ensaquetada, los pijuallos, aguajes, el mercado se arremolina en la única cuesta angosta del puerto, dos cerdos hacen un griterío de la gran flauta. La única plaza está vacía y sobre ella se yergue la antigua iglesia de madera de la Misión de Nieva. Un ligero viento curioso bate sus alas anunciando una demencial lluvia por la tarde. A lo lejos una compacta parvada ruidosa de paucares y guacamayos surca el horizonte baldío, pictografiando una postal digna de un cazapaisajes de calendarios. La cuatro por cuatro pasó veloz y solo me quedé boquiabierto viendo por un segundo el famoso pongo de Rentema. Llevo en mi mente mil espolonazos pragmatográficos de Urakusa y las sandías de Alenya y la bizca roja mirada del cerro del diablo La Torita.
𝙉𝙞𝙘𝙤𝙡𝙖́𝙨 𝙃𝙞𝙙𝙧𝙤𝙜𝙤 𝙉𝙖𝙫𝙖𝙧𝙧𝙤-𝙋𝙚𝙧𝙪́.
𝑯𝒂𝒄𝒆𝒅𝒐𝒓 𝒚 𝒄𝒓𝒊𝒕𝒊𝒄𝒐 𝒍𝒊𝒕𝒆𝒓𝒂𝒓𝒊𝒐 𝒏𝒆𝒐𝒄𝒓𝒆𝒂𝒄𝒊𝒐𝒏𝒊𝒔𝒕𝒂.




.jpg)



.jpg)











