CUENTOS

 

UN FIEL AMIGO HUMILDE
Motita, ante los ojos de la gente fue convertido por su enfermedad, la sarna, en escoria de la humanidad, en un ser infesto sin más compañera que su propia fatalidad. Él no entendía o rehusaba admitir la indiferencia de aquellas personas, aquellas personas que él creyó eran sus amigos, como él de ellos.
Consecuencia de tan infausta afección su amo lo había echado de la casa, escarneciéndole duramente con estas tajantes palabras: ¡Fuera perro sarnoso! ¡Largo de aquí, perro inmundo!, y cerrando brutalmente la puerta de la casa, volvió el ceñudo rostro y le dio la espalda sin dejar siquiera oportunidad para el perdón. Era tal su desconcierto y no comprendía que era lo que sucedía; intentó como cualquier perrillo rasguñar la puerta de la casa, lloró como lo hacen los cachorritos al no hallar a su madre, pero todo fue inútil,aquella puerta se cerró como cuando se cierran las puertas de la calle para un reo.
Motivado por la aquerencia a la casa de su amo, “Motita” se recostó y aguardó igual que el mendigo que espera se le abra la puerta y aparezca la mano de la solidaridad; no obstante ,la mano que apareció tras la puerta, fue la que traía la vara inmisericorde que le propinó incesantes golpes seguidos de improperios; huyó a galope tendido exhalando prolongados aullidos de dolor.
¿Acaso creyó que lo recibirían con el cuerpo escabioso?
De esta manera, el hombre echó a la calle a su perrito, a aquel del cual decía otrora que era su amigo fiel.
Si, las palabras de desprecio no hicieron mella en “Motita”, los duros golpes por fin le hicieron entender, aquello que antes ignoraba, que ya no lo querían más. Que la indiferencia era solo el estigma del rechazo, que recibía de su intolerante amo; así como al hombre los golpes de la vida le hacen entender que debe de tomar otro rumbo, otro camino, de la misma manera, “Motita” debería ahora buscar otro rumbo, otro hogar. Con el adolorido cuerpo y aun acezando por el violento escape, lentamente se fue alejando de aquella casa donde creció y donde-por justicia de la vida-debió morir. Parecía que había sido condenado a la pena aflictiva del destierro, y es que había sido desterrado de su patria, aquella patria que antes fue su hogar. Ya se iba ocultando entre la lejanía como el sol de la tarde entre las nubes.
Miró hacia atrás y quiso volver, pero su instinto animal se lo prohibió, aún oía repercutir en su mente las duras palabras de su amo, y en su cuerpo aún sentía el aguijonear del dolor que se había prendido de él como una sanguijuela. Porque así es el animal, a pesar de haber sido víctima de vejaciones por parte del hombre él sigue esperanzándose en su amistad.
Ahora, ¿quién recogería a un perro sarnoso?
Era más posible que se muriera por el abandono del hombre, que por morar a la intemperie.
Al perder a su amo, aquel perrito había quedado como un expósito, había perdido a su guía, a aquel que se alegraba con su sola presencia. Ya sin él, la vida se tornaría difícil. Eso es lo que percibía aquel dulce y frágil animal, que él era el culpable del rechazo de su amo, que solo él había fallado,pero todo era diferente, la realidad era otra.
Antes siendo perrezno su llegada a la casa, a la familia, fue esperada con tanta emoción entre los niños, y llenó de gozo el corazón de los padres de familia al contemplar el júbilo de sus hijos. Los niños lo cogían entre sus brazos como a un hermano, la madre lo llevaba a su regazo como a un infante, y el padre alegre acariciaba a su familia entre su robusto brazo. Todo era algarabía y bullicio en el hogar, era como si un nuevo integrante de la familia hubiera llegado como traído por la cigüeña. Fue tímido y velludo como un osezno. Recién había sido destetado y extrañaba a su madre. Hacía poco que había abierto los ojos, esos ojos taciturnos del color de la noche que reflejaban una luz de inocencia como la luz de la luna. Entonces “Motita” no advertía la triste realidad que hogaño le tocaría vivir.
Por los parajes donde transitaba era víctima del desprecio por ser un perro sarnoso, la gente lo miraba como en la edad media a los leprosos; el indefenso perrillo se les acercaba en suplicante actitud igual que un ciego, que un anciano; pero la incomprensión y falta de consideración rebosaban en el adusto rostro de las personas, que molestas, cogían piedras del suelo y lo apedreaban como queriendo lapidarlo. Raudamente “Motita” emprendía la huida siempre aullando quejumbrosamente por los golpes que recibía. Pero, ¿qué les hacia el pobre animal?
El indefenso animal solo erraba por los senderos, por las callejas, en busca de alimento, de aquel alimento que todo ser vivo busca cada día.
En su cotidiano errar por la ciudad, “Motita” fue conociendo la deplorable situación en la que vivían sus semejantes, pues un día al andar con parsimonia por una barriada, se encontró con un viejo perro, atado a un poste de alumbrado público, fuera de una casa de aspecto deshabitado. Aquel perro acezaba de sed, el sol quemaba sus sesos como si los quisiera incendiar. “Motita” lo miró y vio en su triste mirada, angustia de no ser libre, dolor de no correr por las calles sin restricciones. Desde cachorro, fue hecho prisionero por la sevicia del hombre, jamás había estado sin ataduras que le sujetaran la cerviz. Su cruel amo, le negó la libertad toda su vida. Durante su juventud quiso muchas veces huir, al ver a otros perros adolescentes correr y retozar por las calles; forcejeó la cadena, lastimándose aún y logró romperlas al fin; corrió tras de ellos, por un momento jugaron como niños en el parque.
Finalmente, siempre su egoísta amo, lo encontraba y a zurrazos lograba que el perro bajara la cerviz, y se dejara agarrotar como a un condenado. Ahora ya a la vejez aún trasoñaba con ser libre, aún persistía su alma humilde. La amargura no le había dominado aún, y se esperanzaba con ser libre quizás algún día. “Motita”, en su interior se condolió con su congénere y se dijo: “Afortunado yo, que siquiera soy libre, libre de tener un verdugo por amo”. Esta es la historia de “Motita” un perrillo flaco, sarnoso y huérfano de amo que vaga a tientas por los senderos de la ciudad de Huaura; abandonado a las inclemencias de la vida y del destino; con el melancólico mirar de un ruego. Por momentos se detiene por las esquinas de las calles a aullar quejumbrosamente, a clamar por alguien que de él se compadezca y al no hallarlo llora desconsoladamente junto con el viento la presencia de la soledad.
De la Antología Narrativa"ANDANDO EN CUENTOS"
Ediciones Vicio Perpetuo-Vicio Perfecto-Lima febrero del 2020
ISBN:978-612-4289-29-3
Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú N°2019-16893














De la Antología de Cuentos “Andando en Cuentos” de Vicio Perpetuo Ediciones –Perú.




LA CURVA DEL DIABLO

Por la carretera sinuosa del serpentín de  Pasamayo cual río meándrico, huía como alma que se lleva el diablo el tráiler que hace poco  había enlutado a medio centenar de familias con su imprudencia. Su conductor era un sujeto de talante sombrío, mirada proterva y de aspecto regordete sin escrúpulo alguno pues un año atrás había arrollado y matado a un motociclista en Tarapoto.Ahora eso en estas desesperadas circunstancias poco le importaba.

Mientras proseguía su alocado trayecto sin paradero, recordaba a la mulata campiñera que tenía como amante, sus enormes ojos negros, su cuerpo moreno de huaringuera campiñera tostada por el sol huachano, qué  por las noches recorría sin descanso y no había parte recóndita  a sus burdas manos de conductor; además no  podía olvidar las últimas palabras que ella le dijo: No te vayas sin antes haberte bañado en la laguna la encantada caso contrario la mala suerte te perseguirá .El eco de estas palabras lo castigaban con intermitencia, pero su  suerte  ya  estaba echada; detrás de sus pasos estaba la justicia, podía en lontananza oír las sirenas de los vehículos policíacos. Sudaba, por ratos escupía con vehemencia por la ventana la saliva seca, amarga y espesa que se perdía en el trayecto. Cayó en una especie de éxtasis, era el miedo que a todo hombre embarga. De pronto como látigos oía sus propias palabras rechazando los consejos de su querida mulata campiñera, no molestes mujer, decía con tono despreciativo, ya otras veces he pactado con la laguna y ella me seguirá protegiendo, soy uno más de sus hijos. Se refería a la laguna la encantada que dormía entre el espesor de la campiña huachana, y donde concurren los brujos a la medianoche a invocar a su padre: Yancunta, y a su dios el diablo.

El  terror lo embargó, su suerte ya estaba echada, si lo capturaban era poco probable que sea liberado.

Huacho amanecía con las portadas de los periódicos, diciendo: “Curva de la muerte”, “Fatal curva del diablo”, “Chofer de la muerte”,” Curva maldita”,etc. De pronto el tráiler se detuvo con violencia, el siniestro chofer bajo a miccionar. Una espectral lechuza confundida con la oscuridad de la noche álgida emitió su ulular tétrico y de malagüero como una letanía. El fugitivo alzó la mirada desconfiada, estaba muy cansado , hambriento y era consciente  que no podía  detenerse por mucho tiempo. Mientras divagaba casi ya sin norte como un ebrio con los ojos casi durmiendo, se le apareció la imagen de una mujer morena y exuberante, así como le gustaban. Parecía que en medio de su crimen lo premiaban. Su corazón latía con vehemencia, creía que esta era su recompensa después de tanto trabajo por huir. Al instante dijo: “Tú eres mi Juana, sí que lo eres, ¡ja, ja, ja! . Yancunta te ha enviado seguramente a socorrerme, ¡perdóname por no escucharte el otro día!. En seguida quiso besarla, pero como por arte de magia, ante sus atónitos ojos, los labios de Juana se trocaron en agudos picos de lechuza que le arrancaron los ojos oscurecidos de noche. Las sirenas de los autos policíacos se oían cada vez más cerca y el “tráiler de la muerte “estaba allí estático  y silencioso. Se oyó decir entre el viento y la noche: al fin lo tenemos, el asesino está en nuestras manos. Revisaron el tráiler y no había nada hasta que hallaron al conductor sin ojos, sin lengua y sin órganos. Los policías sentenciaron aquel escenario diciendo: Parece que se lo hubiera tragado el diablo.





   “EL ENIGMA”

 

Dedicado a Emilio Abelardo Velarde Maza y Lurdes Serna Torres




Cuando niño, mientras en la noche cenaba junto a mis padres, llegaba de súbito mi tía, que después de saludarnos se sentaba a nuestro lado, y como era su costumbre  nunca se quedaba en silencio, algo nuevo siempre tenía que traer como pan caliente. En seguida comenzó a contar una misteriosa y enigmática historia que en ese instante, yo escuchaba con extrema credulidad y a la vez cada sílaba que manaba de su boca relatando tales hechos, recreaba en mi mente ensimismado con absoluta emoción e imaginación cinematográficas. Decía mi tía: Un día en el río Huaura, bajo el vetusto puente de madera, un pescador de delgado porte y mirada taciturna lanzaba su anzuelo fructíferamente; peces locales en abundancia, carpas y cachuelas saturaban el canasto de cañabrava y uno que otro bagrecito que morían por su propia boca. El pescador estaba más que satisfecho, el frío era intenso a esa hora de la noche; al contemplar con agrado la canasta saturada de peces reconocía que aquella estaba hecha de macizo material por la diestra mano del canastero don Emilio Velarde legendario canastero que había recorrido desde Chancay, junto a los canasteros de la av. Perú, todo el valle Huaura - Sayán, donde como nómadas desarraigaban la cañabrava para luego dar forma como curvada cintura al sólido canasto que ya tantos años le servían para su artesano oficio. Pero lo que más admiraba del diestro artesano es su habilidad para contar relatos, mientras iba tejiendo los canastos, de sus aventuras cruzando los peligrosos caudales del río Huaura en pos del fruto de los montes: la cañabrava, y de cómo conoció al mítico Yancunta que como ave nocturna o alma en pena recorría los distritos de la provincia, y de sus correrías por la campiña huachana en palabras cual profecías del viejo canastero que tanto lo emocionaban. El campanario de la Iglesia el Carmen era el asilo de los gallinazos que graznaban de rato en rato ante el paso violento del viento errante que sacudía los cenicientos plumajes. El sueño era algo que no embargaba al pescador, la hoja de coca que masticaba incesantemente era el motivo, por lo demás la pesca era demasiado buena. De hecho, era un día de suerte para él.

-Cuando de repente en las aguas del río, rutiló algo como el oro, se trataba de un pez de oro, que nadaba alegre y ágilmente en uno de sus remansos. En seguida, el pescador ávido lanzó el certero anzuelo, que como era de esperarse el pez mordió, era el momento de jalar el cordel y listo sería otra presa más al canasto. Pero aconteció algo inesperado e ilógico, fue el pescador quien era arrastrado al río, la presa había cazado al cazador. El río de noche luce un aspecto tenebroso, más que en su cauce, en unos de sus flancos a las faldas de la  Iglesia el Carmen  se encuentra la boca del diablo, obscura abertura, que da la impresión de ser una especie de entrada al averno. Hay quienes dicen que alguien entró y ya nunca salió, es la entrada sin retorno, ¿quién sabe adónde te conduzca?, quizá a otras dimensiones, otros tiempos, eso sigue siendo aún una pregunta sin respuesta hasta hoy. Otros dicen que los que se ahogaron en el río  y no se halló sus cuerpos han sido tragados por la boca del diablo. Efectivamente el río se tragó al pescador. En vano le lloraron sus hijos y esposa,  por mucho tiempo lo buscaron por mar y tierra, en éste caso por río y tierra, y nada, ningún rastro de él, como si  lo hubiera tragado la tierra, es decir el río.

Pasaron años y un día a la media noche justo en una noche fría de invierno como cuando el pescador se extravió, este volvió a su casa de repente, sin avisar a nadie. Su andar, sus gestos eran las de un autómata como si embrujado estuviera. Resaltaban las aletas en los brazos y en los pies, por donde pisaba dejaban charcos de lodo. Lo vieron sus hijos y esposa, se echaron en sus brazos y lloraron, pero él no daba señas de vida e hipnotizado permanecía todo alelado. Sus hijos lo sentaron a la mesa,  le sirvieron de comer, comió en silencio  y luego se marchó por donde vino. Nada pudieron hacer sus hijos por retenerlo, su fuerza era grande y echó a manotazos a sus hijos. Su familia estaba muy triste por su partida y a la vez una cierta alegría les embargaba al saberlo vivo. Pasó de nuevo el tiempo, mucho tiempo y de nuevo como la primera vez, apareció de súbito, pero esta vez habló y dijo con voz quejumbrosa:” Hijos ayúdenme”, quiero quedarme con ustedes, sus hijos lo abrazaron y se echaron a llorar con él;  de nuevo enmudeció, los abrazó y besó como si presintiera que fuera la última vez.

-Así por la puerta sombría, entraron unos sujetos de siniestra mirada, de piel escamosa, brazos y pies con aletas de peces, y que traían como lanza unos tridentes que empuñaban amenazantemente, en seguida lo aprehendieron bruscamente, a lo que el pescador lleno de pavor no se resistió, ante la impotencia de sus hijos. Hasta el día de hoy nada se sabe del pescador.

Así concluyó mi tía, y yo quedé atemorizado mirando de soslayo la puerta de la casa, pensando quizá vengan esos sujetos de siniestra mirada por mí  y me lleven…¡Dios me libre!.






De la Antología literaria –REVISTA DE LITERATURA REGIONAL

EDICIÓN N°01-JULIO DEL 2021.







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