lunes, 14 de diciembre de 2020

PRESAGIOS

 



Irse para nunca más regresar,

partir sin equipaje

como un ave al cielo

con la austera faz

ausente de alegría,

irse como un marinero

y sin retorno

perderse en la mar

con la mirada soñadora

de un poeta

y el alma aventurera

de un conquistador.

 

Irme llorando

por mi antigua morada

aquella que se queda

en la sombría ciudad,

 entristecido de repente

como un día sin sol.

Irme por los senderos

pulsando mi lira,

olvidando el pasado,

dejando atrás

mis tristes recuerdos.

 

 

 

Si Dios me da la vida

contemplaré extasiado

los atardeceres,

por las lomas será mi andar,

me olvidaré del estridente paso

de  los carros,

de la fría ciudad.

Contemplo las edificaciones que,

sustituyeron los árboles,

los campos…

y lloro por la ausencia

de las aves,

añoro el gorjeo de los

polluelos al atardecer,

los gritos desaforados de los

pichones famélicos

y un día ya no se oirá

el murmullo de las aves,

ni en el alba

 ni en el crepúsculo de la tarde,

 todo se tornará en estridente silencio,

no habrá árbol

que calme con su sombra

la sed de frescura,

ni el viento traerá la brisa marina.

Iré por el campo

tañendo mi laúd

entonando mis músicas

y declamando mis odas

 que acompañarán los pájaros

cantores,

iré por los verdes valles

cantando mis versos

montado en Platero

y le diré: ¡que aire tan puro!

¡que música el de las aves!

¡que belleza el de la naturaleza!

¡Esta es la verdadera vida, Platero!

y él como asintiendo

trotará alegre

por los prados saturados de,

florecillas rosas, celestes y gualdas,

arrobado por la policromía

de la primavera

y yo poeta lírico

suspiraré extasiado

por la paz de los campos.

 

Contemplaré los árboles

saturados de sabrosos frutos

y cuando la sed

 atormente mi pecho,

asiré las jugosas frutas

sin temor a cerco de espinos

ni a perros bravos

que me nieguen el sustento;

contemplaré el sosegado correr

de los ríos en mayo,

a sus orillas me detendré

como un ave errante,

me abrazará el aire fresco

del viento retozón

después un sauce augustal

me brindará su sombra fraternal

y una risueña cuculí anidará

en su frondosa rama

y con la música de su cítara

me invitará al reposo del sueño.

 

Pajarillos piando al amanecer

saturados de júbilo,

pichones chillando

desde sus nidos

como llamando a sus madres bienhechoras

y el sol acariciando mi rostro

con sus cálidas manos,

invitándome a no dejar el apacible campo

el cual no pienso abandonar jamás.

 

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